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La realidad de una Isla que procura afianzar la economía como pilar de su sistema social, también ha generado ciertas impaciencias.
De un lado, las revolucionarias de millones que esperan resultados ágiles y necesarios, y por otro, las “desbocadas” de los menos –desproporcionadamente menos- que pretenden crear dudas y confusiones sobre los nuevos derroteros de Cuba.
Sin embargo, para la abrumadora mayoría, la espera impaciente no puede ser nunca la de brazos cruzados y mirando al cielo. Nada puede esperarse sino de nosotros mismos, y el trabajo siempre será la mejor garantía del individuo y su Revolución socialista.
A muy poco de otro primero de mayo, asistimos a uno de los actos de condecoraciones que tradicionalmente preceden al desfile proletario. Allí se rindió honor al mérito laboral, hubo lágrimas conmovedoras en el campesino rudo, el médico, el maestro, el obrero fabril… y en tan solemne ambiente, no hubo forma de abstenerse de pensar otra vez en el trabajo, en cuánto significa para el bienestar de un hombre y el progreso de un pueblo entero.
Pensamos, y una idea se convirtió en impaciencia: hacer llegar el día en que, por fin, el trabajo cumplido no merezca medallas.
Y es que el trabajo real, el que genera bienes y servicios de calidad, el que fortalece ideologías irrenunciables, zafa los nudos de la burocracia, construye, cura o educa, o sea, todo el económico y socialmente útil de verdad; no puede salir solo de las manos de hombres excepcionales, esforzados o incondicionales.
Siempre habrá unos mejores que otros, pero la comparación entre los hombres del socialismo debiera ser entre el que trabaja bien y el que trabaja mejor, entre quien cumplió la norma y quien la sobrecumplió. ¡Nunca entre el que trabaja y el que no! La sociedad no debiera admitir jamás esa relación.
A menos que sea una verdadera hazaña, única e irrepetible, el trabajo diario y constante no merece premios de terceros. Los resultados de cada jornada laboral deberían ser en sí mismos los premios.
El hombre tiene que sentir que el trabajo es la fuente de todas sus ganancias, y como tal, la única solución a sus necesidades: las básicas y absolutamente todas las demás.
Pocos jóvenes había en el salón, pero debe llegar el día en el cual casi se llene con ellos, dueños de las mayores energías y las ideas nuevas. Para eso es preciso educarlos bien en la cultura del trabajo, sin aplastar sus gustos, que antes también fueron los de los homenajeados.
Para eso habrá que cambiar mentalidades, aprender primero y enseñar luego a los jóvenes que el trabajo no es un deber social para demostrar esfuerzos, compromisos políticos o incondicionalidad. El trabajo no puede ser para crear fachadas.
Nadie debería repetir nunca que la juventud está perdida, ni gastarse en reclamarle valores sin hacer nada para educarla. No basta con explicarle qué está bien y nada más. Es preciso convencerlos, llevarlos de la mano a demostrarles que es posible sentir placer por lo que hacen, porque el dinero ganado honradamente es la mejor forma para vestir a la moda, llevar a la novia de paseo u organizar fiestas magníficas.
¡Cuánto vale, más allá de las medallas en el pecho, la prédica de esos titanes laboriosos desde sus puestos, y que los jóvenes los vean, y sean su inspiraci&´n para ejercer el oficio!
Si así sucede, ya veremos que los valores humanos, cívicos y morales nunca se perdieron; porque el trabajo verdadero hace a los hombres, automáticamente, más esforzados, dignos, honrados y revolucionarios.
Ojal&´ muy pronto, en vísperas de otro gran desfile de los trabajadores, alguien deba explicar en una plaza abierta que no hubo medallas, porque todo el metal del mundo no alcanzó para poner una en cada pecho que la mereció.
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