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AGROPECUARIO
Al revisar los favorables acumulados de leche en estos casi tres meses transcurridos de 2013, un engañoso optimismo pudiera conducirnos a pensar que resultan de una “sacudida” de vergüenza, de una lección moral aprendida por los productores, o del deseo de borrar a toda costa la mala imagen que durante el año precedente ofreció la ganadería de la provincia de Granma, con el incumplimiento crónico de las ventas planificadas al Estado.
Con tristeza se recuerda aquí la cantidad de deficiencias en la cadena productiva que afloraron con la intensa pesquisa nacional: desde las contravenciones en el acto inicial de firma de los contratos –formales, sin apego al potencial real-, hasta el incumplimiento físico en la entrega final, pasando por inconformidades con las formas de muestreo, el cambio arbitrario de las rutas de acopio, la falta de calidad de la leche, entre otros dilemas por los cuales se filtraron al vacío millares de litros.
CONTRATO MÁS ALLÁ DE LO FORMAL
En procesos productivos complejos como este de la leche, donde intervienen tantas partes; la voluntad, la vergüenza o un “arranque” de moralidad no bastan para revertir los flagelos de la desorganización. Funcionar como un sistema requiere seriedad en cada actividad, y en las relaciones económicas esto se logra cabalmente con la obligatoriedad legal que ofrece un contrato bien elaborado.
Solo este paso, primero y fundamental, es capaz de establecer orden desde el principio, si logra condicionar al amparo del mutuo acuerdo todas las actividades de gestión económica a que se refiera.
En consecuencia, ni la espontaneidad ni la prisa son buenas consejeras en el afán de garantizar concienzudamente la “calidad del proceso de negociación, elaboración, firma, ejecución, reclamación y control del cumplimiento” (Lineamiento 10), que sí resultan de un buen contrato.
Por lo menos eso dejó entrever la extraordinaria presión y gran apuro con que se acometió la etapa contractual para la producción del año en curso. Fuimos testigo de las jornadas maratónicas e insomnes que vivieron los responsables (industria, Comercio, bases productivas) para intentar cerrar el proceso en el estrechísimo período establecido, de noviembre a diciembre.
“Apenas descansábamos la noche en el empeño de lograr un acuerdo con cada cooperativa, una por una”, explica Alexei Caro, responsable de acopio de la Empresa de Productos Lácteos Bayamo. “Son 178 bases en toda la provincia, y cada una con sus problemas y demandas; por lo cual tuvimos que visitarlas más de una vez y obviamente, el tiempo no nos alcanzó.”
¿Consecuencia de la prisa?, la puntualidad no fue posible, a pesar de las prórrogas continuas en los plazos concedidos por los diferentes Ministerios. Al menos en Granma, todavía a mediados de marzo se negociaba por las cooperativas, y aún con ciertos remilgos lograban estamparse las últimas firmas. ¿A qué se debió esto?
“La actualización de nuestra economía –vuelve Caro- ha devuelto a su lugar el papel rector del contrato. Se acabaron las firmas masivas y formales, la responsabilidad se individualizó y el incumplimiento es ahora sancionado por la ley.
“Yo diría que el año pasado fue una gran lección. En el caso de nuestra industria, las demandas sobre los productores abundaron, y esto contribuyó a tomar conciencia y actitud sobre el acto contractual. Una buena parte de las cooperativas sintieron la necesidad de asesorarse jurídicamente, ganaron mucho y muy rápido en cultura del contrato, y para este año se negaron a firmar el primer papel.
“Como nunca antes, esta vez hubo desacuerdos, renegociación, enmiendas a cláusulas, definición de condiciones…”, evaluó Caro.
¿Quién dice que esto no es económicamente saludable, que no es buen signo de seriedad y responsabilidad? Pongamos un ejemplo.
¿PRISA O ANTELACIÓN?
Cuando preguntamos por el momento más complejo de la contratación, la industria mencionó la negociación con las bases productivas atendidas por la Empresa Agropecuaria Bayamo, responsables de un tercio de la producción lechera de la provincia. “Con ellos solamente duró 15 días acabar la contratación”, señaló Caro.
Sin embargo, lo que caracterizó el momento más difícil fue precisamente lo que debió ocurrir en cada negociación: discusión, condicionamiento, análisis para llegar a acuerdos…
Por supuesto que un contrato para la producción del año siguiente no puede rebasar diciembre, porque de ello dependen, por ejemplo, la planificación y ejecución de las importaciones que deberá hacer el país para asegurar las demandas que no cubre la producción nacional. No obstante, una solución racional sería adelantar el proceso, a fin de completarlo en tiempo y forma. La prisa no debería usurparle la calidad a la contratación.
Otra cosa es el estudio y confirmación del potencial real de leche, para acercarlo todo lo posible a las cifras contratadas. A tenor de la experiencia del pasado año, la Agropecuaria Bayamo modificó el método y en este fue un buen ejemplo.
“Con suficiente antelación revisamos el potencial productor a productor, determinando en el terreno según los animales en explotación”, explica Luis Poll, encargado de Producción en la referida empresa.
“Hicimos un diagnóstico muy preciso que arrojó cifras concretas en litros, firmadas por cada productor, tanto las 14 UBPC, las dos granjas estatales y las seis CPA, como cada uno de los 1 800 ganaderos de las 21 CCS que atendemos.
“Estos últimos no tienen ninguna obligación con nosotros antes del contrato, pero las buenas relaciones permitieron completar el estudio con ellos y formalizar el compromiso; de modo que al sentarnos en la mesa con la industria, ya teníamos un análisis realista y objetivo, y las cifras a entregar no fueron el centro de las discusiones demoradas, sino las condiciones en que serían acopiadas.
“Fíjese si ha dado resultado, que los más de seis millones de litros contratados solo con la industria, superan el plan asignado a nosotros, y hasta hoy hemos vendido 128 mil por encima del plan, 33 mil más que en igual fecha del año anterior”, detalla Poll.
Que otros asuntos hayan sido la causa fundamental de la demora en la firma de los contratos es un argumento alentador, que habla muy bien de una negociación conciente. Conocimos que en el estirado diálogo se lograron justas condiciones propuestas por los productores, como el tiempo de espera, la definición de rutas y puntos de recogida, y una muy importante: el acuerdo mutuo de establecer procesos de demanda por incumplimientos cada tres meses, para dar oportunidad a la recuperación y el resarcimiento.
Por parte de la industria -y que no se incluían en las proformas de años anteriores- quedó estipulado que el muestreo lo hace la industria, y en los casos de tanques refrigerados colectivos, que la prueba de aceptación a la leche de cada productor antes de unirla al resto, es una responsabilidad plena de la base productiva dueña del termo; aunque se sabe que no todas cuentan con los medios de medición y es una deuda a resolver por la Agricultura, en bien de la calidad final.
No obstante, todo buen ejemplo seguirá siendo excepción mientras la lección no sea aprendida totalmente, y el contrato no logre al fin despojar toda la formalidad que evidencia un conjunto de hojas prerredactadas y que nadie lee –excepto las cifras- a la hora de firmar; ni se comprenda que toda enmienda, desacuerdo, contradicción y arreglo es lícito al momento de la elaboración, en tanto la rúbrica de las partes no lo hayan convertido en ley.
En definitiva, para revertir los vicios habrá que llegar a ver el contrato no como un trámite más de un prescindible entramado burocrático, sino en su condición de instrumento legal rector de todo proceso productivo, que asegura el vigor de la economía cubana tanto como la leche fortifica la salud de un niño.
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